AMLO: Sí, son iguales | Opinión

AMLO: Sí, son iguales |  Opinión
Presidente Andrés Manuel López Obrador, en mayo.
Presidente Andrés Manuel López Obrador, en mayo.José Méndez / EFE

Andrés Manuel López Obrador ganó la presidencia de la República en 2018 porque convenció a una mayoría de mexicanos de que «no eran lo mismo», es decir, el presidente y, por una misteriosa extensión, miembros de su partido político, no se parecía políticos profesionales del pasado. Esta expresión fue la síntesis de la crítica a la clase política neoliberal, a la que acusó de corrupta, de promover la impunidad de criminales y políticos y de ser insensible a las necesidades de los pobres. “No ser iguales” implicaba superioridad moral, una diferenciación radical de la clase política frívola y corrupta que había gobernado México.

Bueno, en esos dos años y medio de gobierno, hemos aprendido que son lo mismo. La tragedia del metro de la Ciudad de México, la gestión espantosa e irresponsable de la pandemia, el derroche monumental de los escasos recursos públicos en megaproyectos faraónicos no rentables o sostenibles, la imposición de la hija de Toro Salgado Macedonio en la candidatura a gobernador de Guerrero, y la creciente intolerancia de Hasta la más mínima pizca de crítica ha demostrado, a quien quiera verlo, que el presidente López Obrador y su partido son, en esencia, los mismos que sus antecesores. El estilo personal de gobierno del presidente López Obrador es ciertamente diferente, ya que ha desarrollado un populismo vernáculo que, desde la época de Carlos Salinas, en una versión tecnocrática neoliberal, no se ha visto en México. Pero las prácticas y los efectos del ejercicio de su gobierno son los mismos que caracterizaron al régimen priista.

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La administración del trágico accidente de la línea 12 del metro de la Ciudad de México es particularmente vergonzosa. Lejos de mostrarse y cargar con los costos políticos, el gobierno ha desarrollado una gestión de daños comparable a la del presidente De la Madrid ante el terremoto de 1985. No hay una sola renuncia o destitución, a pesar de que el director del México El metro de la ciudad ya ha acumulado tres accidentes importantes durante su breve mandato. López Obrador no aparece en el lugar de la tragedia, no muestra empatía por las víctimas y se enfurece con los periodistas que reclaman su ausencia, argumentando que el tiempo de «posar para la foto» se acabó, aunque él no se cansa nunca. de subir fotos a las redes de sus absurdas giras, sus hazañas beisbolistas y sus triunfantes entradas al Palacio Nacional (imitando la frivolidad peñanietista). La jefa de gobierno de México se lleva a cuestionar el concepto mismo que define la tragedia del metro, a decir que fue un «incidente», minimizando la tragedia y burlándose, aunque no sea que ella quería, de las víctimas.

La impunidad política que implica esta reacción a la tragedia es similar a la que intentó implementar el expresidente Peña Nieto luego de la masacre de Ayotzinapa. Il ne reste plus qu’à López Obrador de dire aux proches des victimes «maintenant s’en remettre», comme dans la pratique il a craché face aux dizaines de groupes de proches de victimes de disparition forcée, qu’il a ignorés maintes et muchas veces. durante sus giras y a quien no dedica una palabra de aliento en sus larguísimos soliloquios matutinos ni se disculpa por no hacer nada sustancial a escala nacional para encontrar a sus familiares.

La gestión criminal de la pandemia ha costado cientos de miles de víctimas además de las inevitables. No solo no se reconoció a tiempo la gravedad de la pandemia, lo que retrasó la generalización de medidas básicas como el uso masivo y obligatorio de mascarillas, sino que las necesidades del personal médico y del sistema de salud no fueron satisfechas con la urgencia. del caso, salud general.

La campaña de vacunación ha sido lenta y caótica, y se ha intentado a nivel nacional – y se sigue realizando donde se puede hacer – gestionando políticamente lo que es un deber del gobierno con sus ciudadanos. Nada está más fuera de lugar que la gratitud de muchas personas por estar vacunadas. Este es el deber mínimo de un gobierno responsable, y en todo el mundo, la mayoría de los gobiernos en países de nuestro nivel de desarrollo han sido más efectivos y menos políticos en las campañas de inmunización. Aquí también hay una impunidad política intolerable. En unos años habrá que asentar la responsabilidad política del presidente y sus más cercanos en esta tragedia humanitaria.

El caso de la candidatura de la hija de Toro, Salgado Macedonio, a gobernador de Guerrero muestra otra contradicción de Morena y el presidente con su propio discurso. López Obrador criticó acertadamente el nepotismo que caracterizaba a la clase política y la justicia mexicana. Él mismo expulsó a sus hijos de los cargos políticos. Pero en el caso de Guerrero, olvidó estos principios y muchos más. Salgado Macedonio fue inicialmente imprescriptible como candidato por tener varias acusaciones de abuso sexual, por haber demostrado una total falta de responsabilidad en el ejercicio de su función como alcalde de Acapulco y por su probada frivolidad en su comportamiento público. Pero, como ocurre con casi todas las candidaturas a gobernador que Morena ha promovido desde sus inicios, los criterios pragmáticos de popularidad o proximidad al presidente estaban por encima de las consideraciones morales que hubieran hecho a Morena «diferente». No tienen nada diferente, ni son peores que sus antecesores, Cuauhtémoc Blanco en Morelos, que no gobierna o no tiene idea de los asuntos públicos; Cuitláhuac García en Veracruz, que es un hombre honesto pero carece de la mínima capacidad para gobernar, lo que ha llevado a los comandantes a convertirse en subordinados autoritarios; Adán Augusto López, de Tabasco, que viene de las redes más profundas del PRI y manda con un equipo indistinguible del pasado; Rutilio Escandón, de Chiapas, repite esta imagen.

Y las nominaciones actuales, las de 2021, también provienen de políticos profesionales que crecieron con el PRI o que, peor aún, son sospechosos de tener conexiones con el crimen organizado y han sido condenados por corrupción, como es el caso de Ricardo Gallardo, el verdadero candidato oficial por San Luis Potosí, designado por el Partido Verde para alcanzar el número mínimo de votos que le permitirá mantener su registro nacional. Por tanto, no es de extrañar que la hija del Toro fuera ungida como candidata a Guerrero, a pesar de no tener preparación ni experiencia para el puesto. Un simple Juanita, un rostro que no esconde que el que reinará será su padre. No, los morenistas no son diferentes.

El colmo de la continuidad con las prácticas priístas es la intolerancia del presidente a la crítica, llevada a los extremos en los últimos días, cuando, en un acto que hiere a otros, envió una nota al gobierno de Estados Unidos en su nombre. Pedir financiamiento a la ONG Mexicanos Unidos contra la corrupción e impunidad (MCCI). La agencia se ha entrometido en el pasado, es cierto, pero durante muchos años se ha centrado en programas de financiación que abordan temas prioritarios del orden democrático en todo el mundo, como las violaciones de derechos humanos y la lucha contra la corrupción. Obrador supuestamente se defiende.

De hecho, el mandatario debe agradecer al MCCI, quien denunció la escandalosa compra de la Casa Blanca por parte de Peña Nieto y la notoria Master Scam, uno de los esquemas de corrupción más graves del gobierno anterior, además de muchos otros casos, entre otros. De Oderbrecht. Fue la denuncia incansable de la corrupción y las violaciones a los derechos humanos por parte del gobierno de Peña Nieto, desarrollada por ONG que reciben financiamiento internacional, lo que generó el clima de agotamiento público que permitió a López Obrador ganar las elecciones de 2018. el apoyo masivo de las clases medias urbanas.

Pues bien, ahora López Obrador considera que las fundadas críticas hechas por el MCCI y por Article 19, una ONG internacional que denuncia los nuevos actos de corrupción y la opacidad del gobierno, la primera, y la continuidad de los ataques a la prensa y la violencia contra los periodistas, la segunda, se asemeja a los «golpes de Estado». Es inconcebible que el presidente use estas expresiones contra dos pequeñas organizaciones profesionales que tanto han contribuido a la lucha por la democracia en México.

López Obrador alcanza a Viktor Orban, Rafael Correa, Nicolás Maduro, Vladimir Putin y Donald Trump en la realización de tales ataques. Aquí, el único golpista es el propio presidente, porque al intentar controlar o destruir los órganos autónomos, al rodear al poder judicial, al atacar a los medios de comunicación y al pensamiento crítico, y al militarizar al gobierno, corroe los cimientos de nuestra frágil democracia. La democracia en el mundo en estos tiempos está siendo destruida poco a poco, paso a paso, por los propios gobiernos, y no por la crítica y la protesta social.

La base de la intolerancia presidencial es la creencia de que el propio presidente es la única fuerza de democratización y justicia en este país. Todo lo que se le oponga va en contra de la democracia «real», que consiste en aceptar sin cuestionar sus dictados. Esta megalomanía se alimenta de una narrativa victimizante personal y un narcisismo elevado, propio de los líderes populistas, como muestra el caso extremo de Trump. Bueno, es hora de parar ahora antes de que el presidente pierda el control de sus instintos y termine, eso sí, destruyendo la precaria democracia mexicana. Es una pena que el presidente y su partido no sean fundamentalmente diferentes de los demás.

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