Cimavilla, la ciudad que vive en la ciudad | Blog de Paco Nadal

Cimavilla, la ciudad que vive en la ciudad |  Blog de Paco Nadal

Alfonso Menéndez Granda es arqueólogo y conoce los sótanos de Cimavilla como la palma de su mano, no en vano los lleva años excavando en busca de su pasado romano. De camino a los baños termales de Campos Valdés, me cuenta su experiencia como camarero en el barrio: “Hace 30 o 40 años era totalmente diferente a lo que vemos hoy. Hacia el sur estaban los saboteadores, había enormes montañas de basura y ratas como gatos, una gran cosa. Recuerdo el puerto de niño, siempre con barcos de pesca (hoy es el puerto deportivo). De hecho, la Plaza del Marqués por la que ahora pasamos se llamaba Plaza de la Barquera, porque aquí los pescadores sacaban sus barcas secas. Nuestros padres nos prohibieron subir a Cimavilla, pero nos pasábamos los días acurrucados allí, tocando la batería, entre los matorrales; pero de noche estábamos rodando. En ese momento, no era un lugar recomendable. Hoy todo ha cambiado, el Ayuntamiento ha hecho un gran esfuerzo y ahora es el barrio de moda y nocturno ”.

Los baños termales romanos de Campo Valdés son uno de los puntos turísticos de Cimavilla y de todo Gijón. Alfonso me cuenta que datan del siglo III, que siempre se han conocido pero que solo se excavaron y sacaron a la luz en los años 90. Era un complejo de salutem de aquam enorme para una ciudad perdida en el extremo noroeste del imperio, lo que revela que la ubicación debe tener cierta importancia en esta Hispania romanizada. Se aprecian todos los elementos de un baño público romano, la frigidarium los templarium, los caldarium, saunas y vestuarios … Hay zonas, como el hipocausto, con un grado de conservación único entre este tipo de edificaciones. La museización de las aguas termales puso a Gijón cara a cara durante mucho tiempo. Resulta que los restos aparecieron justo frente a la Iglesia de San Pedro, en medio del paseo marítimo de San Lorenzo. Con un clima como el de Gijón, dejar en el aire un sitio como este era una locura porque habría durado dos telediarios. Por tanto, se decidió cubrirlo con un edificio de hormigón. Pero el proyecto cubrió la vista de la iglesia y Don Bonifacio, el sacerdote, montó una campaña de hostigamiento tal, con la inestimable ayuda de la oposición política en el ayuntamiento, que dividió la ciudad. Finalmente lo logró: la mitad del solar tiene el techo tan bajo que hay que visitarlo en cuclillas. Los humildes restos romanos que sobrevivieron ocultos durante dos milenios, cuando salieron a la superficie, tuvieron que resignarse y decir que «hemos conocido a la iglesia».

La península de Cimavilla divide las dos bahías de Gijón.


La península de Cimavilla divide las dos bahías de Gijón.

Geográficamente, Cimavilla también es especial: ocupa un afloramiento rocoso en forma de península redondeada entre las dos bahías de Gijón, Poniente y San Lorenzo. Cimavilla sigue viviendo junto al mar, pero ya no es el barrio de los pescadores. Aunque sus calles todavía tienen esa pátina humilde de un barrio viejo y poco aburguesado, es el distrito de vida nocturna de gente muy diversa. Sus pequeñas plazas, no más grandes que una pista de tenis, están llenas de bares, restaurantes y terrazas, que también se han multiplicado como hongos a causa del covid. Restaurantes populares con pescados y mariscos sublimes como Los Caracoles o El Planeta. Otros más elegantes, como la Casa Zabala. Sidrerías históricas como El Veleru o El Centenario; baretos raídos con carteles deportivos amarillentos donde aún se refugian los compatriotas de toda la vida. O coctelerías legendarias como La Plaza, en la Plaza de Cimavilla, el ombligo del barrio, donde se refugiaba el Xixón Sound, un movimiento musical indie de los 90 -versión asturiana de la escena madrileña-, que incluían grupos como la Australian Blonde, Penelope Trip o Manta raya.

Todo esto me lo cuenta alguien que lo vivió en primera línea, Nacho Álvarez, el dueño del bar La Plaza, un exbajista de Manta Ray. Apoyado en la barra de su porro, es la expresión viva de que los viejos rockeros nunca mueren y, aunque tiene canas, todavía tiene proyectos musicales en marcha: “Fueron años de gran creatividad, que significaron abrir las fronteras, poner a Gijón en el mapa. Hoy en día hay personas mayores que quizás están haciendo mejores cosas que nosotros entonces, pero con menos importancia. Mucho ha quedado de este movimiento y, si bien no hay tantos bares musicales como solía haber, aún puedes tener una gran carrera escuchando buena música. «

Mural con la foto de Ángela, 'La Prina', en la esquina de las calles Eladio Verde y Atocha.


Mural con la foto de Ángela, ‘La Prina’, en la esquina de las calles Eladio Verde y Atocha.

Cimavilla son ante todo sus personajes. La asociación de vecinos que preside Sergio Álvarez está ubicada en la Casa del Chino. El cual se llama así porque Chaoyo Wey, el primer ciudadano de la República Popular China en aparecer en Asturias, vivió allí en la década de 1930. Chaoyo Wey era una rareza, un marciano que cayó del cielo en la pequeña ciudad y la industria de Gijón. de la primera mitad del siglo XX. Pero se mezcla muy bien con el campesino de Cimavilla. Era un juego con ojos rasgados. Se casó con una asturiana, la dejó viuda, se casó con otra, abrió el primer restaurante chino al norte del puerto de Pajares en esta casa y todavía le sobraba tiempo para fabricar linternas de papel que vendió a un mayorista en Madrid y que Tiene mucho que ver con la costumbre de los vecinos de decorar las calles del barrio con faroles similares, muñecos de papel maché y todo tipo de adornos durante las fiestas.

En la Casa del Chino me encuentro con Ana González Ferrero, Anine, que está liderando un proyecto de recuperación de la memoria del vecindario. La gente dona fotos, películas personales de celuloide, diapositivas… que ella escanea y documenta para que no se pierda la memoria de Cimavilla. Muchos de estos personajes han regresado al barrio gracias a las fotos a tamaño real que su proyecto La casa de la memoria golpea las paredes del vecindario. Así es como conozco a Angela La Prina, una pescadora de los años 50 con más carácter que un sargento húsar. en Concha La bella y su hijo Alberto Rambal, un personaje que era querido en el barrio porque siempre ayudaba y cuidaba a los más desfavorecidos durante el día y por la noche convertía en cabarets en Marifé de Triana, liberando su verdadera personalidad gracias al cobijo que le ofrecía este barrio Faithless Law en un Unos años donde la ley de vagabundos y delincuentes incluía a los homosexuales. También me veo frente a Anselma La Churrera, con Lola La Mulata, con Charo El mono… pescadoras de la calle Atocha que siempre han sido conocidas por su apodo, porque la vida en el barrio era y sigue siendo así.

Cuesta del Cholo, uno de los pasajes emblemáticos de Cimavilla.


Cuesta del Cholo, uno de los pasajes emblemáticos de Cimavilla.

Durante la semana que paso en Cimavilla, conozco a mucha más gente especial. Pasea con la escritora Pilar Sánchez Vicente en busca de los rincones por donde evolucionan los personajes de sus novelas que, como Mujeres errantes Dónde Hija de las mareas, en su mayoría pasan por Cimavilla. Ramón Alvargonzález me muestra la mansión de una poderosa familia cuyas raíces están en la parte noble del barrio desde hace siete generaciones. Visito la casa natal de Gaspar de Jovellanos, el gran escritor ilustrado y político que quiso modernizar este país y que también era vecino del barrio.

Pero mejor que seguir hablándote de Cimavilla, da un paseo por el barrio, mejor al atardecer, cuando se te acelera el pulso, habla con la gente, bebe unos culinos en una sidrería. Descubrirás un pueblo muy pequeño enclavado en medio de una gran ciudad como es Gijón.