El horror y la indiferencia ante las llamas en Grecia conviven puerta con puerta | Internacional

Jristos es un agente forestal jubilado que conoce como la palma de su mano los montes del Parque Nacional de Dadiá, en la provincia griega de Evros. Conduce su coche particular hasta el frente del incendio, que se extiende por el bosque hasta donde alcanza la vista y que es ya el mayor registrado nunca por la UE. En este punto las llamas avanzan lentas porque el viento sopla en dirección hacia la parte ya quemada. No hay bomberos cerca. Los esfuerzos se concentran en otros puntos donde el fuego avanza a mayor velocidad. Jristos mira con impotencia. “¿Qué hago? ¿Cojo una rama y golpeo? No serviría de nada”, se dice a sí mismo. El agente forestal da cifras escalofriantes: han ardido 52 kilómetros cuadrados de pino salgareño, es decir, casi todos los ejemplares grandes, y ahora la amenaza se cierne sobre otros ocho de la variedad más pequeña de estos árboles, donde se concentran los panales de abejas, una de las fuentes de riqueza de la zona. “Si cambia la dirección del viento estamos perdidos”, advierte.

Al igual que las llamas, Jristos está cerca de Yanuli, un pequeño pueblo situado en la entrada del Parque Nacional. Sus escasos habitantes fueron evacuados el miércoles por la noche, cuando el fuego amenazaba sus viviendas. Junto a ellos, también fueron evacuados 15 migrantes que acababan de atravesar la frontera con Turquía de manera clandestina y se encontraban allí por casualidad. Pero no todos se fueron. Alexandros, leñador jubilado, se ha quedado a proteger su casa. “Es lo único que tengo, si se quema lo pierdo todo”, asegura. Tanto él como su vecino han pasado la noche alerta.

Un vecino de Alexandros hace autoestop para ir a Suflí, el pueblo contiguo. Aunque apenas les separan ocho kilómetros, cuando llega le parece un planeta diferente. Suflí está tan cerca del incendio que el miércoles por la noche sus residentes recibieron un SMS de Protección Civil en el que se les advertía de que estuvieran preparados para una eventual evacuación. Pero a simple vista no parece afectar a la vida de la localidad. Aunque desde sus calles se ve, amenazante, la gigantesca columna de humo que sale de las inmediaciones de Yanuli, nadie parece prestarle atención.

Todas las tiendas están abiertas. En un comercio de ultramarinos situado en la entrada del pueblo, el tendero ni siquiera entiende que la pregunta “¿cómo va la cosa?” se refiere a los incendios. Después de casi dos semanas, los vecinos se han acostumbrado a ver pasar camiones de bomberos a toda velocidad. Ya nadie levanta la vista cuando les sobrevuela a baja altura un helicóptero. De hecho, se nota mucha más actividad que el día anterior y las terrazas de los cafés funcionan con toda normalidad. En una de ellas, un grupo de jubilados comenta la actualidad. Hablan del partido de la Champions League que perdió el miércoles el AEK frente al Amberes.

En Tijeró, a 10 kilómetros de Suflí, el recepcionista de un hotel demuestra no estar muy informado. “No sé, no he visto nada. Ahí arriba [en referencia a Yanuli] debe haber algo”, reconoce sin mostrar preocupación. Un empleado de una estación de servicio cercana tampoco parece intranquilo. Más bien hastiado. Preguntado por el tema, esgrime una sonrisa y suelta una broma: “A ver si el fuego llega ya a Bulgaria para que lo apaguen los [bomberos] búlgaros, porque se ve que los nuestros no pueden”.

Mientras, en Yanuli, el panorama es devastador. Esta localidad está dentro del extenso perímetro de seguridad, cuyos accesos la policía vigila. Aunque está prohibido, tras insistir un poco, un agente permite el paso mientras insiste, con malos modos, que es bajo estricta responsabilidad de quien traspasa el control. Durante la mañana, varios residentes han vuelto para comprobar si sus casas están en pie. Afortunadamente, las han encontrado intactas. En otros pueblos de la región sí se han quemado viviendas. El incendio cumple ya su decimotercera jornada.

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Alexandros llegó de Kazajistán en 1994, como la mayoría de los habitantes del pueblo, en un programa de reubicación que el Estado griego ofreció a los pónticos, los griegos del mar Negro. La mayoría ha vivido desde entonces del bosque que ahora ven arder, bien en la industria maderera o en la conservación del mismo. Junto al pueblo hay un cuartel y allí varios edificios sí han quedado calcinados. Varios militares de diferente rango evalúan los daños. Llevan mascarillas FFP2. No cuesta respirar, pero se nota picor en ojos y garganta.

Alexandros no se protege la cara. Lleva toda la mañana dando vueltas con su ciclomotor; él sabe exactamente por qué caminos acceder a las llamas e insiste en dar indicaciones a dos bomberos. Uno de ellos, el agente Kazagoritis, le responde que ellos no pueden decidir nada de manera autónoma. Ha llegado para reforzar el dispositivo, que cuenta ya con la participación de medio millar de efectivos.

Alexandros, este jueves en las inmediaciones de Yanuli.Hibai Arbide

Lejos de estar controlado

Kazagoritis y su compañero no son optimistas. Aunque aclaran que no disponen de toda la información, están seguros de que el fuego todavía está lejos de ser controlado. Es cuestión de días más que de horas. Dos vehículos que transportan soldados se detienen junto a ellos. Acaban de llegar desde Orestiada, ciudad situada un poco más al norte, cerca de la triple frontera entre Grecia, Turquía y Bulgaria. El capitán Kaliorgios pregunta una dirección a los bomberos. “Nos han dicho que vengamos a Yanuli a ayudar en lo que se pueda”, les comenta. Kazagoritis les muestra por dónde llegar, pero les advierte:

— Si veis fuego, no paséis.

— Ya hemos pasado a través del fuego.

Entretanto, un helicóptero carga agua en unos depósitos de goma instalados en un prado cercano, que a su vez son surtidos por camiones cisterna. A las 14.30, cuando las condiciones son favorables, vuelven los hidroaviones. Son seis, perfectamente alineados en dos grupos de tres, y repostan en el mar, a 40 kilómetros al sur. Toda esa distancia la componen prados y bosques carbonizados.

Una columna compuesta por 11 vehículos llega a Suflí. Son bomberos eslovacos que llegaron a Grecia hace dos semanas. Primero actuaron en un incendio cerca de Atenas y desde el jueves están trabajando en Evros. Alexandros insiste en explicar que hay un camino de tierra detrás del cementerio por el que se accede al lugar donde descarga el helicóptero. Se queda un poco más tranquilo cuando le confirman que los eslovacos van para allá.

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