Erosión democrática en El Salvador | Opinión

Erosión democrática en El Salvador |  Opinión
Manifestación contra Nayib Bukele en San Salvador, 5 de septiembre.
Manifestación contra Nayib Bukele en San Salvador, 5 de septiembre.VICTOR PENA / Reuters

Más información

El Salvador es uno de los estados que mejor representa los procesos de erosión democrática ocurridos en América Latina. Es un fenómeno que se caracteriza por la concentración de poder (generalmente entre líderes populistas), la restricción de libertades, la reducción de los derechos humanos a meras garantías formales, la cooptación de instituciones para ponerlas al servicio de un proyecto político o del gobierno. eliminación de quienes resisten la pérdida de su autonomía e independencia. Este proceso, que comienza con fenómenos de constitucionalismo abusivo y degenera en regímenes autoritarios, se caracteriza por su lentitud e imperceptibilidad. Estas dos características hacen que cada uno de sus avances no sea visto en sí mismo como altamente antidemocrático. Sin embargo, cada paso es solo un eslabón en un proceso más amplio y consolidado de destrucción de los cimientos del sistema democrático.

Esto es precisamente lo que sucedió en El Salvador bajo el gobierno de Nayib Bukele. Antes de la pandemia, el presidente de ese país encabezó el asalto militar a las instalaciones de la Asamblea Legislativa como mecanismo para intimidar al Parlamento que se oponga a sus políticas. En pleno apogeo de la pandemia del COVID-19, Bukele utilizó el riesgo de contagio tanto para promulgar restricciones desproporcionadas a los derechos humanos como para abusar de la figura de los estados de emergencia. El presidente incluso utilizó expresiones con fuerte tinte represivo cuando ordenó a las Fuerzas Armadas doblar las muñecas de quienes no respetaron las medidas de contención decretadas por el gobierno. Después de la pandemia, se llevaron a cabo elecciones legislativas impugnadas, que dieron al partido gobernante (Nuevas Ideas) la mayoría absoluta en la legislatura.

En este contexto, en El Salvador (como en Brasil), el poder judicial actuó como un mecanismo para contener los procesos de erosión democrática. Sin embargo, este papel de contención suscita fuertes reacciones por parte del Ejecutivo. La primera estrategia consiste en intentar cooptar al poder judicial. Sin embargo, cuando se resiste, se utilizan mecanismos legislativos y constitucionales para reformarlo con el objetivo de limitar sus competencias o restringir el alcance de sus decisiones. Finalmente, si persiste la resistencia, se opta por la destitución de sus miembros o la abolición definitiva de las instituciones judiciales.

Esta fórmula es muy conocida en países como Hungría, Polonia o Venezuela. En El Salvador, el presidente comenzó por descalificar a miembros del poder judicial que tomaban decisiones contrarias a sus políticas. Asimismo, violó directamente órdenes judiciales que protegen las libertades fundamentales (por ejemplo, la habeas corpus) o limitó el espacio de acción de las Fuerzas Armadas para controlar las restricciones impuestas en relación con la pandemia. Una vez que obtuvo la mayoría en la asamblea, el gobierno de Bukele intensificó sus ataques contra el poder judicial. Por un lado, destituyó a la Sala Constitucional de la Corte Suprema de Justicia y al Fiscal General. Asimismo, redujo la edad de jubilación a 60 años y la antigüedad (30 años) de los jueces. Por tanto, unos 160 jueces pronto tendrán que dejar sus puestos.

La decisión de destituir a los jueces mayores de 60 años se suma a una larga lista de violaciones de derechos humanos. Desde el inicio de su mandato en junio de 2019, la Administración del presidente Bukele ha impulsado medidas que atentan contra los derechos humanos de las personas privadas de libertad, la libertad de expresión y la independencia de los actores de la justicia. Bukele también decepcionó la confianza de miles de mujeres salvadoreñas que creyeron en su promesa de avanzar en la despenalización de cualquier forma de interrupción del embarazo.

El gobierno de Bukele ha intensificado el ya deprimente programa de derechos humanos de El Salvador. Desde la firma del Acuerdo de Paz entre el Frente de Liberación Farabundo Martí y el gobierno salvadoreño en 1992, El Salvador ha enfrentado enormes dificultades para consolidar el estado de derecho. Tras su visita de 2019, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) destacó que «muchos temas de derechos humanos que afectan al país son estructurales, y varios de ellos han estado pendientes desde el conflicto armado». Desde esta visita de la CIDH, Bukele ya ha mostrado signos de desprecio por los estándares internacionales de derechos humanos.

Así, con las decisiones recientes, El Salvador está descendiendo un paso más en su ya muy larga escala de violaciones de derechos humanos y subiendo varios en el camino de la consolidación de un sistema autoritario.

María Daniela Díaz Villamil y Jorge Ernesto Roa Roa Son profesores de Derechos Humanos del Departamento de Derecho Constitucional de la Universidad Externado de Colombia y analistas de Agenda Pública.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.