Políticos: de qué están enojados | Opinión

Políticos: de qué están enojados |  Opinión
El líder popular Pablo Casado cuestiona al gobierno en el Congreso de los Diputados.
El líder popular Pablo Casado cuestiona al gobierno en el Congreso de los Diputados.Emilio Naranjo / EFE

Sin sufrir heridas de guerra, estar en medio de una batalla histórica o sufrir a plena luz del día, a veces miramos al cielo, tal como lo hizo el príncipe Bolkonski. Guerra y paz en este momento cardinal de la novela, que es una de las mejores de la literatura, y uno se pregunta por qué todo esto. El resto de cualquier actividad laboral debe utilizarse para cuestionar el papel que cada uno juega en esta comedia de la vida pública. Los lectores son esenciales; periodistas, imprescindibles para que la verdad no nos estropee, pero ¿qué ha aportado, por el contrario, el exceso de opinión que ha invadido los medios de comunicación a la relación entre quien escribe y quien lee, escucha o mira? Tienes miedo de convertirte en un personaje, tu propio nombre de convertirte en una marca, de verte obligado a responder a los deseos de quienes buscan en ti su opinión expresada. Cuántas veces se usa hoy esa noble frase, «todo es político», cuando lo que realmente pasa es que todo es político. Pésima política que nos lleva al batallón, a no ceder ni siquiera eso al adversario, a la burla y al escarnio. De hecho, fue el triunfo de una clase política ladrona la que encontró inspiración en titulares impactantes, juicios demagógicos y chistes baratos. Todo está tan empapado de política política que incluso causas que deberían ser transversales, como la defensa del medio ambiente, parecen cuestiones de exclusividad partidista que solo sirven para arrojarnos peces muertos a la cabeza.

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Tal vez mi memoria no me falla, pero creo que estoy seguro de que hubo un momento menos agresivo en el que incluso las amistades podían cultivarse en el ámbito opuesto. ¿O cambio los recuerdos porque desearía que lo fueran? Soy lo suficientemente mayor como para haber visto a personas sentadas en una mesa expresando opiniones de un tipo muy diferente, ¿qué pasó para que eso sea cada vez más difícil? La burla es, sin duda, la consecuencia más lamentable del humor español, está claro que cuando se recurre a ella es porque faltan otros argumentos más inteligentes. Pero lo que dejamos atrás hace un mes, al final del curso, fue la mezcla de dos ingredientes peligrosos: la burla unida a la rabia, una rabia que intenta eliminar al oponente por la vieja, método de ridiculizarlo. Son muchas las voces dedicadas a esto, tantas, que esta noble voluntad de caminar y decir lo que ven nuestros ojos, de certificar lo que está pasando, se vuelve casi exótica. Porque la ira y la burla no requieren una mirada abierta al mundo, son reacciones sedentarias caseras, cocinan en el sillón donde eclosionó este huevo de furia re-probada.

¿De qué sirve la ira si no promover la idea de que solo revolcándonos en el barro podemos atraer la atención de un público cada vez más carente de emociones fuertes? Nos quejamos noticias falsas cuando el caldo de cultivo que más los favorece es la descalificación: ataca con saña a alguien por un tiempo, se extiende la sospecha de que es indigno de una persona y llegará el día en que esta velada acusación será aceptada como cierta. Esto es lo que pasó, por ejemplo, con los trabajadores del cine: se ha repetido tantas veces que viven de los subsidios que se ingresan en los comentarios que primero provocan y hay un porcentaje de lectores que lo dan por hecho.

Descansar de uno mismo, de la propia personalidad pública, de sentirse aliviado durante un mes por el silencio, de preguntarse para qué sirve esta guerra, porque en tiempos de paz las guerras son verbales, pero también cobran víctimas y oscurecen el ambiente. Hay quienes se calientan con esta pelea y hay quienes no. Se debe advertir al lector que no pierda el tiempo: si está buscando pelea, amigo mío, ha ingresado al columnista equivocado.

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